DE SERVICIOS DE SALUD PÚBLICA
«Nunca dolió más el látigo,
que cuando cayó en manos del esclavo».
Refrán popular
La parte alta de la ciudad, no el municipio Santo Domingo Norte de hoy, sino esa que fue víctima de la oprobiosa «operación limpieza», durante la guerra civil de 1965, comprendida entre la Máximo Gómez, hacia el Oeste; el río Ozama, hacia el Este; el río Isabela, hacia el Norte, y la Avenida Central, hoy Avenida 27 de Febrero, hacia el Sur, no ha visto aumentar su oferta de camas en el sector público en los últimos 50 años. En esta área de la ciudad solo los antiguos hospitales Francisco Moscoso Puello y Luis Eduardo Aybar ofrecen servicios de salud totalmente gratis, como parte del modelo sanitario estatal al alcance de los «hijos de machepa», como los llamó Juan Bosch en la campaña electoral de 1963.
Según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, la oferta de cama necesaria para mantener una población adecuadamente sana es de una cama por cada 2,000 habitantes. Quizás en el año 1961, cuando la ciudad contaba con 300,000 habitantes, pudo esta demanda ser satisfecha en esta parte de la ciudad. No obstante, la densidad poblacional en la actualidad se ha multiplicado por diez, ya que la ciudad cuenta con más de tres millones de habitantes y aun así la oferta de cama se mantiene inalterada.
El hospital Luis Eduardo Aybar, inaugurado el 27 de febrero de 1936, contaba con un total de 100 camas, distribuidas —según los modelos de ingeniería sanitaria de la época— en 10 habitaciones de igual número de camas cada una, sin tomar en cuenta que la teoría bacteriana de la enfermedad considera las enfermedades cruzadas, aun cuando no sean de transmisión directa y, paradójicamente —aun hoy, con todos los conocimientos poseídos—, se conserva este modelo. Hoy cuenta con 187 camas distribuidas en 19 salas; 124 camas en el primer nivel, 16 salas con 63 camas y 9 cunas en el segundo nivel.
El hospital Francisco Moscoso Puello, inaugurado el 24 de octubre de 1959 —día de San Rafael, por supuesto—, contaba entonces con 112 camas, distribuidas en 13 habitaciones de 10 camas cada una. Más que aumentar, su número de camas ha disminuido a 191 en la actualidad, debido al deterioro de la planta física, en condiciones tan irrecuperables, que han tenido que ser cerradas para remodelación o utilizadas para áreas no concebidas al momento del diseño de la estructura; hay disponibles en la actualidad 129.
Los hospitales nuevos que forman parte de la nombrada ciudad sanitaria Luis Eduardo Aybar, el Hospital de Gastroenterología y el Secanot, funcionan como institutos, es decir, son semiprivados, ya que no existen allí servicios por los que no haya que pagar módicos precios, y no tan módicos, pero hay que pagar, y en sentido general, debido a la calidad y variedad de sus servicios no hacen otra cosa que competir con el Morgan, quedando este indefenso ante el aval tecnológico con que cuentan los citados centro de salud y, sobre todo, por el caudal de recursos que cobran por los servicios ofrecidos a los pacientes no asegurados y a los afiliados del régimen subsidiado del Seguro Nacional de Salud (SENASA) y las demás ARS.
Adicional a esta situación, debe considerarse el hecho de que el antiguo hospital Barney Morgan —nombre que aún conserva en la población— sigue siendo lo que desde sus inicios: el hospital de referencia de todos los hospitales municipales de la nación, ya que la demagógica clasificación de los centros de salud en niveles no ha servido para que con estos parámetros las autoridades descentralicen de manera adecuada los servicios de salud a escala nacional, pues si ni siquiera el primer nivel de atención —el responsable de la medicina preventiva—, ha arrancado eficientemente. Menos lo harán estos hospitales, que requerirán de una gama de servicios para alcanzar esta clasificación: unidad de cuidados intensivos, capacidad para realizar cirugías cardiacas y neurocirugías y el manejo de hemoderivados, entre otros servicios.
El deterioro de la calidad de los servicios de salud que se ofrecen en estos centros, fundamentada en la incapacidad de seguir la evolución del ejercicio de la medicina, con los adelantos tecnológicos como punta de lanza, así como la carencia de un programa de educación continuada para garantizar la actualización del personal de salud, hacen imposible el ejercicio de una práctica médica no solo actual, sino de vanguardia, propia un hospital del tercer nivel.
La incapacidad de sistema de salud gubernamental de suplir los servicios de salud que la población requiere, con respecto a la infraestructura física, en respuesta al incremento de la densidad poblacional, del área correspondiente al centro de salud, al equipamiento de las áreas especializadas, sobre todo las de diagnóstico, al mantenimiento de la línea de suministro de material gastable, mayormente en los laboratorios y farmacias internas, lo incapacita para competir con los llamados institutos semiprivados, agrupados en la Asociación Nacional de Clínicas Privadas, y los induce a evadir su responsabilidad ante la opinión pública.
A pesar de esta negativa realidad, el Colegio Médico Dominicano —todas las gestiones—, solo eleva su voz de protesta ante reclamos salariales; en muy pocas ocasiones a demandado soluciones a la problemática real del sector salud, como la supresión del cobro de cuotas de recuperación, la creación de plazas para personal del sector, suficiente para suplir la demanda de los pacientes, el mantenimiento de la línea de suministro de materiales gastables y equipos adecuados, con la agravante de que al conformarse solo con las promesas de solución, que casi siempre quedan en el olvido, favorece la posición del Ministro de Salud a la hora de diferir su responsabilidad como gestor del inoperante sistema de salud.
Un reclamo del sector laboral del área de la salud que jamás se ha hecho es la necesaria edad tope o tiempo límite de servicio, que actúa en detrimento de los tres actores que intervienen en el sector salud: el Estado, como responsable de la oferta de servicios, y que no puede satisfacer; los gremios de la salud, quienes demandan plazas de trabajo y mejores condiciones para el desempeño de sus funciones, y la población, pacientes que no reciben los servicios que requieren, debido a un elevadísimo número de médicos —¡centenas!—, que por cuestión de antigüedad en el servicio o deterioro de su estado de salud física y mental, tienen años sin presentarse a sus áreas de trabajo, pero que la mayoría figura como jefes de servicio, generando un vacío gerencial que deja acéfalos los departamento, a la hora del diseño, desarrollo y supervisión de estrategias.
La ciudad sanitaria Luis Eduardo Aybar comprende una extensión de terreno imponente, que ha sido devorada como carroña por el mismo Ministerio de Salud, que ha cedido casi el 70% para la construcción de seis instituciones de salud que funcionan como institutos semiprivados: el Instituto de Dermatología y Cirugía de Piel Humberto Bogaert Díaz, el Departamento de Enfermedades de Transmisión Sexual, la Unidad de Quemados Peart F. Ort, el Cecanot y el Hospital de Gastroenterología.
El espacio físico que ocupa la estructura del Hospital Municipal Luis Eduardo Aybar no permite remodelaciones ni modificaciones de la estructura que hagan posible su expansión horizontal o vertical para satisfacer los servicios que la población demanda. Además, el acceso de la población a este centro, se produce en un ambiente de caos en el transporte y de gran inseguridad ciudadana.
Las autoridades del Ministerio de Salud deben valorar la construcción de un nuevo y mucho más grande Hospital General, tomando en cuenta los datos obtenidos en el último Censo Nacional de Población y Familia del año 2010, con una proyección para satisfacer la demanda a 30 años, que por la facilidad de acceso a través del sistema urbano de transporte y el Metro de Santo Domingo, debe ubicarse en la Avenida Padre Castellanos, para lo cual el Estado está en la facultad de declarar de utilidad pública los terrenos necesarios y reubicar a las familias desalojadas.
CORNIELLE DEL PEÑÓN. Médico.

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