MADRUGADAS 1
Llueve.
La madrugada abarrota mis carencias de ti.
Pierden la misión de mensajeras mis dendritas asustadas,
cuestionan el latir al unísono del relámpago imprudente.
Estruendoso el tronar rompe los recuerdos.
La almohada reclama tu respiración.
Queda huérfano un espacio en mi cama.
MADRUGADAS 2
Linternas encendidas asoman, descubren la alborada,
No me acuna la lluvia, susurrando en el techo,
Me asalta insensata la vigilia obligada.
Punzan tus recuerdos mis sienes
suicidando sin piedad mis ilusiones.
EL DÍA FINAL
Ella yacía en su lecho de muerte.
marcaba el reloj su despedida.
Lastimero, el tic-tac contaba cada segundo:
su tiempo había terminado.
Ella lo sabía en lo más profundo de su ser.
Era el momento de la despedida.
Su muerte será plácida, solo un soplo,
Ninguna enfermedad le aqueja.
Es solo su tiempo de partir.
A su lado las amigas — envejecidas ya—, las hermanas.
Su alma ascendía al infinito.
El llegó y la mitad de ella recordó el engaño.
Media alma al cielo ascendió, media alma en la tierra queda.
Desde entonces, media alma de mujer deambula por el mundo
en busca de calmar su corazón traicionado.
NO DEBISTE
No debiste salir aquel día de lluvia a lavar tus penas,
Aunque solías caminar descalzo por los senderos de mi corazón
tu salida coincidía con el sexto día del primer mes,
cuando cristales de seda hirieron el alba.
No debiste esperar el otoño de mi piel dormida,
aunque durmieras en mis canales de mil historias de amor.
No debiste salir aquel día a lavar tus penas bajo la lluvia,
a pesar del tiempo, sigo atrapada entre el sudor y la espuma,
y mi felicidad es real, aunque lo ignores.
ESTO NO TIENE NOMBRE
«Si te estuvieras ahogando, acudiría a salvarte, a taparte con mi manta y a ofrecerte té caliente».
Anónimo.
Los procesos de la vida y la muerte difieren de una persona a otra, depende del sector socioeconómico en el que les haya tocado nacer, vivir y desarrollarse; de los conocimientos que haya adquirido con relación a la salud, del concepto que tenga con respecto a la importancia del auto cuidado y, por supuesto, de que seas hombre o mujer. También depende de que vivas en un ámbito rural o urbano y de la calidad de la educación que hayas recibido, de la responsabilidad que el Estado asuma con la población en asuntos de salud y de la calidad humana del personal médico de emergencia.
En la República Dominicana estas diferencias están muy marcadas, sobre todo en función de la condición de la clase social a la que pertenezcas y de si eres hombre o mujer. Esto así, debido, entre otras cosas, a que las mujeres estamos más ligadas a los asuntos de salud de la familia (por una asignación de roles desiguales que la sociedad ha impuesto en las responsabilidades de una y otro con respecto al cuidado de niñas, niños, envejecientes y otras personas con problemas de salud, que recae mayoritariamente en las mujeres), por lo que estamos más expuestas a ser víctimas del contagio de enfermedades.
Por otro lado, debido a nuestra condición de mujeres y de ser quienes biológicamente estamos equipadas para concebir, gestar, dar a luz y amamantar, recurrimos más a los deficientes servicios de salud que precariamente nos brinda el Estado. La situación se agrava en municipios empobrecidos y alejados de donde se brindan los servicios más especializados. Mientras más lejos estemos de esos servicios, menos posibilidades tenemos de sobrevivir a complicaciones relacionada con el embarazo y el parto. Y es aquí donde entra en cuestión la distancia que media entre el municipio, barrio o comunidad donde viva la mujer y el hospital más cercano.
Una experiencia que me ha tocado de cerca es la de una muchacha del municipio de Villa Jaragua, Neiba, en la provincia Baoruco. Niurka Rivas, de 23 años y en espera de su cuarto hijo o hija, ha tenido tres hijas anteriormente, el número de descendientes que desde niña pensó tener, pero hay un problema: no ha parido ningún varón y es necesario complacer al entristecido marido, que por no tener un varón siente que está «trabajando para nadie» y que no tiene compañía en las labores agrícolas, a pesar de que además de todos los quehaceres de la casa, Niurka le acompaña en el conuco, junto a las pequeñas, desde las nueve de la mañana, cuando le lleva el desayuno y se integra hasta la hora de ponerse a preparar la comida, y desde las dos de la tarde hasta que se pone el sol. Gran parte del año esta familia la pasa en la loma, cultivando la tierra de la que producen el sustento de la familia.
A medida que se acerca el tiempo en que Niurka debe dar a luz, la familia se traslada al pueblo y se reubican en casa de sus familiares. El día del parto es llevada al hospital de Neiba, donde la recibe un médico y dos enfermeras. El parto se complica y es necesario practicar una cesárea, pero no se cuenta ni con la voluntad ni con los equipos necesarios, ni con el transporte para trasladarla hasta el hospital Jaime Mota en Barahona. Son las dos de la mañana, el padre de Niurka consigue una ambulancia con el síndico, pero no hay combustible ni chofer a esa hora, es necesario esperar a que amanezca.
Mientras tanto, Niurka continúa en su gravedad: se le aceleran los síntomas del parto, llegan los pujos, se pone oxitocina y es realizado el parto. ¡Al fin ha nacido el tan esperado hijo! Dos horas más tarde Niurka pierde la vida, debido a una hemorragia que ya no fue posible detener.
En Niurka ha muerto un poco de tantas mujeres que pasan por esta misma situación. Lo peor de todo esto es que en nuestro país una muerta no basta, es solo «un caso aislado», y según nuestros dirigentes políticos «el país avanza» y nuestra economía brilla como una tacita de oro en medio de los panoramas económicos de América Latina.
La educación que recibe la población más necesitada no tiene la calidad suficiente para que las mujeres entiendan la necesidad de valorarse, analizar la situación en la que viven, espaciar los embarazos, hacerse chequeos regulares, exigir respeto en los hospitales y demandar servicios de salud de calidad. En fin, el grado de la educación no les alcanza a las mujeres para demandar la soberanía sus propias vidas.
La calidad de la educación que recibimos quienes llegamos a tener dicho privilegio, no alcanza para formar a las personas en sus derechos, deberes y responsabilidades con ellas mismas y con su entorno. No constituye una herramienta para disminuir la pobreza material y la pobreza de conocimientos.
Como dijera nuestro poeta nacional: «hay un país en el mundo….», sí, en donde las mujeres entregan la vida al traer la vida al mundo.
ÁNGELA MÉNDEZ (Jaragua, Neiba, provincia Baoruco, 1964). Licenciada en Desarrollo Agrícola y Rural (Universidad Autónoma de Santo Domingo –UASD- 2001), profesora en Educación, mención Biología y Química (UASD, 1988) con un diplomado en Incidencia en Políticas Públicas (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales -FLACSO, 2008). En la actualidad es encargada técnica del proyecto Articulando Esfuerzos a Favor de la Educación para Todos y Todas del Centro de Solidaridad para el Desarrollo de la Mujer (Ce-Mujer).
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