EL ARCO Y LA LÍRA

«LAS PALABRAS SE INCENDIAN APENAS LAS ROZAN LA IMAGINACIÓN O LA FANTASÍA». OCTAVIO PAZ: EL ARCO Y LA LÍRA



7 dic 2011

OCTAVIO BIDÓ MATA

EL ARTE DE LA «COTORRA»
«Los seres humanos son como una fotografía:
solo muestran lo que quieren que vean».
(Tomado de: bla, bla y más bla)

El cortejo es un proceso que tiene su origen en el individuo en colectividad. Las relaciones entre hombres y mujeres, en nuestro país, se han convertido con el tiempo en un arte que sin duda vale la pena analizar. Pero no solo estudiarlo, también disfrutarlo, ya que sin duda este proceso define casi más de la mitad  de nuestras vidas.

Todos hemos pasado por relaciones de pareja. Hay quienes se quedan en ellas; hay otras personas que no se deciden, hay otras que escogen acompañarse de la soledad. Pero el fin de todas las relaciones generalmente es encontrar a esa persona con la que queremos pasar el resto de nuestras vidas. Ahora bien, ¿qué hacemos para lograr estar con esa persona que queremos?

La «cotorra» en nuestro país es la base de toda subsistencia: a usamos en cada momento. Es parte de lo que se conoce como normas de etiqueta. Normalmente la usamos para no quedar mal o, en algunos casos, para fingir que somos diferentes a como somos en realidad (algo muy común). Pero en definitiva, usamos la «cotorra» para bien o para mal (más para mal), pero la usamos.

Por ejemplo: «Mi amor, ¿qué te sucede?», pregunta la esposa preocupada. «Nada, mi amor; nada», responde el marido de manera evasiva. En buen dominicano a esto se le conoce como «cotorra». Claro que sí, porque si te lo preguntan es por algo. Pero para no armar un rompecabezas de tres piezas, uno recurre a la «cotorra». Otro ejemplo: cuando me tocaba entregar a mi profesor un texto —por cierto, este que ahora leen—, le dije, teniendo dos semanas para escribir solo dos párrafos, que no pude hacerlo debido a los exámenes de la universidad: ¡«cotorra», no se me había ocurrido nada!

Entrando más en materia acerca del tipo de «cotorra» que nos interesa, dígase el arte de calentarle el oído a una fulana o a un fulano, solo me resta decir que es algo parecido, pero muy diferente. Diferente porque ya no lo hacemos para salvar nuestras cabezas de la guillotina de aquellos que sin duda nunca nos cortarían la cabeza, sino para crear todo un escenario, un montaje, lo cual supone, a veces, hasta cambiar el tono de hablar… ¡hasta la manera de vestirnos¡ Ahora  bien, la pregunta es ¿por qué lo hacemos?

Según los expertos, cuando un hombre sexualmente activo ve a una fulana con unas curvas y un cuerpo jugosamente apetecible; o en el caso de la mujer, a un fulano con un cuerpo atlético, alto y esbelto,  el cerebro libera una sustancia muy parecida a la droga, que nos predispone a hacer todo lo posible por perpetuar la especie. La dopamina, así se llama la sustancia, es sin duda el combustible que enciende ese lugar en nuestro cerebro reservado a la «cotorra».


APOCALIPSIS
El cielo tintado de rojo se oscurece, el fin se acerca. Las nubes viajan a una velocidad bestial, mientras en el punto neutro donde el suelo parece el abismo y se avisa el único destino que nos queda, donde la decoración no se limita a cadáveres de flor, sino que incluye un olor a sangre y amónico terrible, en ese punto donde no se ve la mas mínima esperanza, baila una diosa. Es imposible fijarse en algo más que no sea ella. Se mueve como una serpiente engatusando su presa. Huele a rosas y su cuerpo es totalmente proporcionado, parece como si Dios la hubiera creado con más esmero que al resto de sus criaturas. Pero ya no hay tiempo para pensar en detalles, lo único que puedo decir es que es perfecta, una diosa.

Me delito al mirarla bailando, mientras saboreo una copa de vino y un cigarro mentolado. No puedo pedir más, la vida me trata como a un dios, dejándome ver una diosa en los últimos momentos de esta basura de mundo. No sé qué hice para merecer esto, ni cómo llego a mí, por eso no perderé más el tiempo preguntándomelo.

El sillón en el que me encuentro es como sacado de una película de reyes; parezco uno. Pero es difícil estar a gusto en él cuando una diosa te ínsita a jugar. Me levanto sin arrepentirme de nada y me acerco a ella. La abraso, le digo que es lo más sublime que jamás haya visto. La toco y ella responde con lujuria, ya no quiero pensar, solo sentir lo que una diosa puede hacer con un simple mortal. Me besa. Nos volvemos uno. Mientras que el reloj acelera su marcha, el fin se acerca. Pero no me importa; solo me importa el ahora, solo me importa ella. El éxtasis no duda en aparecer, mientras el cansancio se queda ausente en este último momento, cuando ya no queda tiempo. La satisfacción no es suficiente, el reloj acelera y nuestro tiempo termina en una única gran explosión de lujuria y destrucción, donde no quedan ni los escombros ni el olor, ni el firmamento. No queda ni el más mínimo signo de vida, solo la muerte de un mortal y la gloria de una diosa.


OCTAVIO ALFONSO BIDÓ MATA (Santo Domingo, 1990). Actualmente cursa el séptimo semestre de Publicidad en la Universidad APEC. La pintura, la música, la  actuación y la escritura son sus principales pasiones.  Además de los estudios universitarios está dedicado a la fotografía y al diseño web.

No hay comentarios: